lunes, 26 de julio de 2010

"Llegaron por su humildad"

En Brasil lo llaman "el fantasma". El fútbol uruguayo le aburre, y dice que no se ven buenos espectáculos. Vive en Las Piedras con su mujer de 37 años.

"En Brasil, la pena mayor que establece la ley por matar a alguien es de treinta años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí y sigo encarcelado. La gente todavía cree que soy el culpable". Dicen que éstas fueron algunas de las últimas palabras que Moacyr Barbosa, el arquero que no pudo parar el pelotazo de Alcides Ghiggia en la tarde del 16 de julio de 1950, pronunció antes de morir. "En Brasil son muy fanáticos y lo condenaron", lamenta hoy, con 83 años, el puntero que logró que la alegría no fuera sólo brasileña.

La entrevista con Ghiggia estaba programada para las 11 de la mañana, pero el timbre suena y nadie contesta. El campeón sí atiende su celular, se disculpa y da una nueva dirección. Está a dos cuadras, cruzando las vías del tren, en la feria donde su mujer, Beatriz, de 37 años, tiene un stand de venta de ropa. "Tuve que irme porque justo me llamó el albañil. Me estoy haciendo una casita". Con la ayuda de la la flamante Fundación Celeste, del Club Atlético Peñarol y del ex dirigente de la AUF Eugenio Figueredo, el mundialista se presta a construir un nuevo lugar para vivir. "Va a tener dos habitaciones y también un espacio para poner los trofeos y las plaquetas. Esperamos que esté pronta para enero".

Por las calles de Las Piedras la gente lo saluda, pero no como a un ídolo, sino como a un vecino más. Frente a la feria donde Beatriz trabaja hay un supermercado. "Venga m`hijo, que el dueño del negocio es amigo mío y me presta la oficina para que podamos charlar". Luego de atravesar el depósito del local, repleto de paquetes de fideos, golosinas y casilleros de bebidas, Ghiggia invita a tomar asiento. Se acomoda en la silla, juega con la alianza que lo une a Beatriz desde hace catorce años -antes enviudó de su primera mujer- y con una sonrisa en el rostro dice: "Dale, largá".

-El mismo pelotazo que lo puso en la gloria, acabó con la carrera de Barbosa. ¿Por qué es tan ingrato el fútbol?

-El deporte es así. Tiempo después yo hablé con él y le dije: "Si ganan, ganan los once. Si pierden, pierden los once. Fijate que el marcador de punta no me pudo parar, te hice el gol y te condenan a vos". Es bravo. Allá, en Brasil, siempre buscan un culpable. ¿Y quién va a ser si no el arquero?

-¿Se acuerda del momento en que metió el gol?

-Es algo que no se puede olvidar. No se escuchaba nada. Fue un silencio enorme. Lo más difícil fue cuando terminó el partido. Mientras nos abrazábamos nos dábamos cuenta que la gente de las tribunas lloraba desconsolada. Por encima de la alegría, me dio tristeza verlos así, sufriendo.

-¿Es verdad que Migues le recriminó por no haberle dado el pase?

-Sí, me dijo: "No viste que yo te había pedido la pelota". Y le contesté: "Dejala ahí Omar, que está bien" (risas).

-Cuando llegaron a Uruguay, ¿tuvieron un recibimiento similar al que se le brindó a la actual selección?

-Sí, nunca vi tanta gente en Montevideo como ese día en que llegamos. Estaba repleto, no cabía nadie. Hicimos desde Carrasco toda la rambla hasta Bulevar Artigas y después fuimos al Centenario. Fue difícil salir. Te agarraban y no te largaban, te levantaban en andas. Un amigo me prestó un sobretodo que me quedaba grande y le pidió a un patrullero que me llevara a casa. Fue hermosa la vida que uno tuvo con el fútbol. Es difícil olvidar esas cosas. Tengo discos en casa de esa época pero mi señora no me los deja escuchar, dice que me emociono mucho.

-¿Por qué en las últimas décadas no se lograron actuaciones tan buenas como en este Mundial?

-El cambio está en que es una selección muy unida y en que sabían hasta dónde querían llegar. También tenían algo que es muy importante: la humildad. Por eso fue escalando, hasta que después quedó ahí, cuarto puesto, que es bueno porque cuánto hacía que Uruguay no vivía algo así. Le dieron una alegría a la gente, sobre todo a la juventud, que nunca festejó nada.

-¿En qué fallaron las otras selecciones que no llegaron?

-No sé, puede ser en la manera de jugar o en los que las dirigían. Siempre dije: cada técnico con su librito. Los que estuvieron antes a lo mejor no supieron conducir bien, o no tenían a los jugadores.

-¿Le gusta como trabaja el maestro Tabárez?

-Sí, yo lo conozco a él. Cuando estaba terminando mi carrera en Sudamérica, él empezaba a jugar, era chico, creo que tenía 21 años.

-¿La AUF tendría que hacer un esfuerzo para que se quede?

-Creo que sí, que tendría que seguir trabajando porque el mal que tenemos es ése: llegamos al cuarto puesto, macanudo, pero lo dejamos de lado, no se trabaja más y ese es el error. Fijate que ya tenés que pensar para dentro de cuatro años.

Primer tiempo. Ghiggia invita a conocer su casa. Quiere mostrar el premio que la FIFA le regaló. Es una vivienda humilde. Hay que atravesar un largo pasillo para llegar a la puerta. Antes de entrar, el campeón llama a Beatriz para que encierre al perro. "Si no, no se puede hablar", asegura. El living está ocupado sólo por un sillón blanco, un minicomponente y una chimenea. El resto de las cosas que colman la habitación son plaquetas, cuadros, trofeos, medallas, fotos. Algunos están colgados en la pared, otros apilados. "Tengo tres cajas llenas de condecoraciones. Cuando tengamos la casita nueva vamos a poner todo en una vitrina, para que quienes quieran puedan venir a verlos", señala Beatriz.

Uno de los trofeos lo recibió en Maracaná, en 2009, el día que fue homenajeado en la vereda de la fama del mítico estadio. "Los diarios decían que había vuelto el fantasma", dice entre risas.

-¿Cómo lo recibe la gente cuando visita Brasil?

-Muy bien. Me aprecian, me muestran cariño. No están en contra de uno. Igual es un reconocimiento que carga con el dolor de ellos. En las eliminatorias fui a ver a la selección a Rio de Janeiro; cuando bajé del avión presenté mi cédula y el cartón de desembarco a una muchacha, muy jovencita, tendría 24 años. Agarraba los papeles, los miraba, los daba vuelta, hasta que me preguntó: "¿Usted es Ghiggia, el del 50?" Le contesté: "Sí, pero ya pasaron muchos años". Y ella me dijo: "Pero a nosotros todavía nos duele". Igual a nosotros nos quieren, no es como a los argentinos (ríe).

-¿Cómo fue su vida después del fútbol?

-Tranquila. Estuve de técnico en Peñarol cuando trajeron a Dino Sani. Él me conoció del Milan, habíamos jugado juntos, entonces me llevó como ayudante. Después se fue porque le salió un contrato muy bueno en Francia, entonces quedé yo de técnico. Estuve ocho partidos, gané siete, perdí uno, y cuando vino el clásico dos dirigentes trajeron a un técnico chileno, un tal Tuani. Ese sábado de noche no pude quedarme en la concentración porque mi cama la iba a utilizar él. El lunes fui a Los Aromos, retiré mi ropa y me fui. Me llamó Cataldi, presidente de Peñarol, y le agradecí la oportunidad que me dio pero le dije que yo tenía un apellido que defender, y que no era posible que vinieron dos dirigentes y me hicieran esto por arriba del moño.

-¿Le gustaría volver a dirigir?

-No, ahora quiero una vida tranquila. Con mi mujer y mis hijos. Tengo dos de mi primer matrimonio, un varón (52) y una mujer (49). A veces me visitan, me llaman por teléfono, o voy yo a verlos. Ellos viven en Montevideo.

Segundo tiempo. La rutina de Ghiggia es siempre la misma. "Ahora ya está medio nervioso porque se quiere ir a comer", afirma Beatriz. El campeón se levanta a las ocho de la mañana, acompaña a su mujer al trabajo y luego se va a conversar con sus amigos del supermercado. A las 12 almuerza en el bar "Lo de Porro", a tres cuadras de su casa. A las 13:30 ya es hora de la siesta. Cuando se despierta, a eso de las seis de la tarde, va a buscar a Beatriz a la feria. "Después vamos a hacer las compras y cenamos juntos. Los fines de semana nos quedamos tranquilos en casa".

-¿Cómo ve la situación actual del fútbol uruguayo?

-Un poco difícil, no es como antes. Siempre dije que el fútbol es como un arte, si vos das un buen espectáculo la gente va, pero si no lo hacés, no. Es lo que pasa ahora. Vas a una cancha de los cuadros chicos y ves 200, 300 personas. Antes iban 10.000, 15.000. Entonces los clubes no hacen mucha recaudación. Para subsistir tienen que vender jugadores al exterior.

-¿Y a los deportistas les hace bien irse tan jóvenes?

-Y no sé, lo bueno es que si las cosas les salen bien quedan parados para toda la vida.

-¿Cuál de los jugadores actuales le gusta más?

-El "Ruso" Pérez y Arévalo Ríos fueron la clave de esta selección. También me gustó Cavani.

-¿Va a la cancha?

-Sólo si juega la Selección.

-¿Lo mira por televisión?

-Sí, pero cuando estoy medio aburrido lo saco. Busco un partido en Argentina, España o Italia.

-¿Cómo ve los episodios de violencia que suelen sucederse en los espectáculos deportivos?

-Antes la gente podía ir al estadio. Estaban en familia, con los hijos, todos juntos. No sé qué pasa ahora, quizá sea que algunos descargan en el deporte los problemas de la vida. Hay que entender que se gana, se pierde o se empata. Habría que tener mano dura con algunos. En Inglaterra pudieron parar la violencia. A los hinchas los detenían, los hacían ir a la comisaría cuando el cuadro jugaba y los largaban cuando terminaba el partido. Capaz que habría que hacer lo mismo.

Alargue. En "Lo de Porro" ya lo extrañaban. "Viniste más tarde hoy", le recrimina uno de los comensales. "Acá no importa la hora, esa mesa es la de él y siempre está libre. A Ghiggia no lo conocía nadie, pero empezó a venir acá y se hizo conocido", bromea el dueño del bar. "Acá son buena gente -contesta el campeón-, lástima que sean de Nacional. Los lunes, cuando gana Peñarol, me esconden el diario para que no los gaste".

Hoy Ghiggia comerá milanesas con papas fritas. "No tengo colesterol, ni presión, ni nada de eso. Me hago cada dos meses exámenes de sangre y nunca me sale nada. Hace un año me sentí mal, fui al médico y me dijo: `es el cigarro o tu vida`. Ni lo dudé: dejé de fumar. Era mi único vicio, jamás tomé una gota de alcohol".

El País

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