miércoles, 24 de junio de 2015

Aguarle la fiesta al local

¿A qué fue Uruguay a la Copa América?

A hacer lo que suele hacer en cualquier torneo en el que participe: daño. No vamos a salir campeones (podemos salir campeones pero no es el primer objetivo), ni a jugar el mejor fútbol, vamos a obstruir los anhelos de los demás, a hacerlos pasar lo peor posible. En Sudáfrica 2010 fuimos a dejar afuera a los africanos (el local Sudáfrica en el grupo y Ghana en cuartos, el último representante que le quedaba al continente), y en Brasil 2014 fuimos a eliminar europeos. Dejar afuera a Inglaterra e Italia era el daño que teníamos a nuestro alcance, cuando terminó esa misión nos volvimos.

Pero en la Copa América, lo que más nos gusta es eliminar al local: Argentina en el 87 (con Maradona), Paraguay en el 99 (sin Chilavert), Venezuela en el 2007 (con Chávez), Argentina en el 2011 (con Messi y su peluche Diego Milito). No lo tomen como una provocación, amigos chilenos, pero nos creímos este cuento desde el Macaranazo del 50 y una nostalgia deportiva transformada en identidad nacional no se cura de la noche a la mañana.

¿Por qué disfrutamos tanto arruinando la celebración ajena? ¿Es de mediocres? ¿De inmaduros? ¿Nos pegaron de chiquitos? Es una virtud que tenemos: somos de lo más resentidos. Hemos llegado al punto en que lo decimos con orgullo y sin temor a ser malinterpretados: “a los uruguayos nos encanta aguarle la fiesta al dueño de casa”, repite jactancioso el oriental. Tiene alguna similitud con lo que hacen los ladrones cuando roban un hogar y defecan en el piso antes de irse, evidencia de que el perjuicio causado produce un placer extra, más allá del beneficio propio.

Básicamente, nuestra estrategia para dañar es generar un estado de tedio colectivo, tanto en el espectador como en el rival, en el que nosotros nos hacemos fuertes. Nos gusta que la pasen todos lo peor posible. Ahí reside nuestra mayor fortaleza: tenemos una resistencia al tedio única en el mundo. El uruguayo te puede pasar tomando mate en una mesa ratona con otro uruguayo enfrente durante meses, sin cable, ni un mazo de cartas criollas, y sin hablar. Y entonces, en el medio de ese tedio espeso como el dulce de leche, hacemos un gol y se termina el partido. Y uno los ve a los rivales que miran como diciendo “¿qué pasó?, ¿cómo perdimos con estos perros?, ¿en qué momento se nos fue de las manos todo y nos quedamos sin nada?”. Y eso es lindo de ver, se disfruta.

Somos un país inventado para obstruir, desde que Lord Ponsonby nos soñó como país tapón desde un escritorio de Inglaterra. Y como si fuera un designio cósmico ineludible, al día de hoy sigue siendo nuestra habilidad más destacada (analicen el mediocampo de la selección uruguaya y entenderán lo que les digo) y, probablemente, nuestro mayor orgullo. Molestar, trancar, frustrar la concreción del otro, eso es lo que más nos gusta hacer y lo que mejor nos sale. Seguramente nos esté esperando un círculo del infierno en el que se repite, ad infinitum, una fiesta a la que no podemos ingresar y por ende tampoco arruinar. O puede ser que nuestro infierno ya esté en marcha y el castigo sea estar viendo a la selección uruguaya sin Suárez, algo tan desolador como conocer a Chile por Don Francisco, tan extraño e incómodo como ver a Bachelet sin lentes, tan sin gracia ni épica alguna como ver a Piñera en cualquier situación que no sea sacando mineros de un hoyo. Pero ya les advertí: no se dejen engañar por ese aburrimiento. Aún sin Suárez, los once que van a salir a la cancha son uruguayos, y no quieren ser campeones. Quieren cagar al local.

Darwin Desbocatti

 The Clinic

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