lunes, 15 de junio de 2015

Godín: "No hay una fórmula para parar a Messi"

Cuando sintió que todo estaba terminado para él, que la ilusión de jugar al fútbol comenzaba a esfumarse, su papá, Luis, un hombre que toda la vida trabajó en el campo, es tornero y tiene un taller mecánico, fue el que comprendió cómo había que resolver semejante frustración para su hijo. El nene tenía 15 años y había quedado libre de Defensor Sporting y después de ese golpe fue a Montevideo a probar suerte a Cerro. Ahí fue cuando Luis entró en acción y le dijo al técnico de Cerro: "¿Usted sabe jugar al truco? Esto es quiero o no quiero, tiene que ser claro porque Diego tiene que estudiar, se tiene que anotar en el Liceo". Y la decisión llegó: Cerro, en 2003, le pagó 840 pesos uruguayos (unos 37 dólares) a Defensor Sporting para quedarse con Diego Godín. Así de simple, sin nada de misterios. El capitán del seleccionado de Uruguay, con 29 años, fue el mejor en el debut de la Celeste en esta Copa América, es el estandarte del Atlético de Madrid, del Cholo Simeone, y es un personaje, desde su postura. No se comporta como una figura del mundo del fútbol, sino como un simple mortal.

El traje negro, de la sastrería uruguaya Juan Zelman, los zapatos negros con una importante hebilla plateada con el nombre de la marca brasileña Pegada y su bolsito marrón de Louis Vuitton, muestran una imagen que se contrapone con su frescura para expresarse. Es que en Rosario, una ciudad muy cercana a Colonia, aprendió que todo es menos histérico. Nadador hasta los 14 años, el fútbol era una cuestión secundaria. Pero como delantero en Estudiantes, en su pueblo, se decidió por la pelota. Pasó a Sporting y se fue para el fondo de la cancha. Y en Cerro terminó por amar este juego. Por eso viajaba todos los días en colectivo para llegar hasta la práctica y como sólo tenía un par de medias y un juego de ropa para practicar, cuando llegaba a su casa, su mamá, Iris Leal, se la colgaba para que se le secase a tiempo. "Es algo increíble poder tener la cinta de capitán de la selección. Llevo 10 años jugando acá y cada cosa que me pasa la disfruto. Más allá de lo que uno vive en su club, que es maravilloso, con la celeste es otra cosa. En esta Copa queremos hacer las cosas bien, por eso para nosotros ganar es bueno, porque hablaba con mis compañeros, que en 10 años que llevo en la selección nunca había podido ganar en un debut. Esto te hace mirar la serie y los partidos que quedan desde otra perspectiva", le dice a LA NACION.

Su raíz la tiene siempre presente, no se olvida de que Cerro es su club, su amor. Pero también asegura que Atlético le ha dado todo. Son dos amores bien diferentes, de opulencia y de humildad. De los dos aprendió. Los 140.000 millones de dólares de presupuesto anual del equipo de Madrid no lo marean, porque supo lo que era no tener tanto cuando estaba en Cerro, que apenas cuenta con 1,8 millones de dólares al año. Por eso hoy no tiene problemas en reconocer cuando enfrente hay un rival al que todos lo saben superior, como se supone que será la Argentina, mañana, en La Serena. "No hay una fórmula para parar a Messi; si no, alguien ya lo hubiese logrado. No hay una receta individual, es un trabajo en equipo. Tenemos que hacerlo entre todos, porque si no es imposible que no nos haga daño".

Conoce bien lo que es el fútbol sudamericano y las complicaciones de jugar en esta parte del mapa. Analiza mucho cada palabra, quizás haber estudiado en la escuela número 3 de Rosario y después haber hecho el Liceo entre su pueblo natal, en Valdense y en Montevideo, le permiten tener una mirada diferente ante determinadas situaciones del juego en esta Copa. "Me parece que las canchas secas inciden bastante. Es difícil de jugar y te complica como cuando vas a jugar a la altura o vas a Barranquilla, con 45 grados de temperatura y 90% de humedad. Todas las condiciones climáticas afectan. Emparejan a los rivales. A nivel mundial todo es muy complicado y en América, mucho más. Todas las selecciones compiten, se preparan y tienen muchos jugadores de muy alto nivel en esta Copa".

Juega con su bolso europeo, se acomoda la corbata celeste y suelta una sonrisa nerviosa ante cada palabra que lo halaga, es como si no estuviese cómodo con eso. Ahora bien, cuando se trata de hablar de fútbol no duda, Godín es tan fuerte como dentro de la cancha a la hora de decir: "No importa lo que pasó en el primer partido, vamos a enfrentar al favorito a ganar la Copa América, con jugadores en un gran nivel, que hacen la diferencia. Vamos a tener que preparar bien el partido porque es la única manera de contrarrestar las individualidades de ellos. Si no marcamos todos, es muy difícil detener a la Argentina".

Suelta una sonrisa cuando Rafa Cotelo, un periodista que integra la murga Agarrate Catalina, le pregunta si el nene que ingresó al campo en el final del juego ante Jamaica les había servido para tomar un poco de aire. Se distiende y sigue su camino, pero antes vuelve a soltar una frase que explica por qué es el dueño de la cinta que antes usaba un histórico como Diego Lugano, por qué es el bastión de la defensa de Atlético de Madrid y por qué Pep Guardiola lo pidió para Bayern Munich: "No me sobra nada, si no doy el máximo de mí en cada juego, se me complica. Es muy difícil competir en ese nivel. En el fútbol hay que saber sufrir para poder sacar partidos adelante. Uruguay conoce bien lo que es aguantar y hacerse fuerte cuando la cosa viene brava". Diego Godín es toda fibra, es un digno representante de la humildad y de la garra charrúa.

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